sábado, 21 de abril de 2018

LOS AFECTOS. DEPENDENCIA NECESARIA


Todos vivimos con dependencias que asumimos como necesarias.
Las de los primeros años son imprescindibles. No requieren una aceptación previa, y son mediatizadas por el instinto. También es común en los animales. Voy a tratar de las que forman parte de nuestra vida y que aceptamos la mayoría de las veces de forma tácita.
Los afectos: hay dependencias necesarias, naturales, no aprendidas ni impuestas, como son los afectos. Esta sensación ha nacido en el sujeto por la convivencia con otras personas: padres, pareja, hijos, familiares, amigos, que van a determinar nuestro comportamiento en concretas circunstancias. No deberían condicionar nuestro raciocinio, aunque a veces suceda.
 Condicionan el comportamiento desde la renuncia o la concesión, como acción personal profunda, no prestada, ejecutada por el afecto que une con la persona referida, pero conscientemente. Crean dependencia, porque de alguna forma limitan el modo de obrar, pero no porque no se sientan con libertad o cambien el juicio, sino porque, voluntariamente, provocan determinadas actuaciones destinadas a agradar o beneficiar a la persona que se quiere. Las dependencias nos encadenan, a los afectos nos encadenamos.
Como receptor de afectos, cada persona individualmente también precisa ser aceptado, ser querido, algo que buscamos con más o menos obsesión, y en este caso somos dependientes. Como dice Todorov:
 De nuestros afectos, más que de nuestras necesidades nacen los problemas fundamentales de nuestra vida [...] Las necesidades físicas y materiales son, después de todo, fáciles de satisfacer […] los afectos constituyen lo esencial de la vida y eso depende de los otros. El hombre, cuanto más aumenta sus apegos, más multiplica sus penas.[1]
La necesidad de recibir cariño, la aceptación, es una dependencia que en situaciones concretas es difícil de evadir y puede llegar a ser patológica. El cariño que tú das depende de ti; el que precisas depende del otro y encadena mucho más. Un afecto hacia otra persona depende de uno mismo; es el propio cariño el que lleva a comportarse de determinada manera; puede ser un acto de renuncia. El cariño que recibes, si lo precisas, implica dependencia y puede ser motivo de sufrimiento.



[1] TODOROV, Tzvetan, La vida en común, Taurus, 1995, p. 212



Ángel Cornago Sánchez
De mi libro: SALUD Y FELICIDAD. Edt. Salterrae.

lunes, 16 de abril de 2018

CULTURA ES LIBERTAD


CULTURA ES LIBERTAD

Cultura, es muchas cosas. Es el análisis de todo lo que forma parte del ser humano, de su historia, de su creatividad, de su relación con el entorno, de sus comportamientos, también de la ciencia, etc. Pero hoy aquí, me quiero referir a la “cultura con mayúsculas”, a la cultura próxima, no a la universal, sino a la que está adherida a nuestra piel, a nuestro tuétano, a lo que nos moviliza; a la que nos provoca como ciudadanos, la que nos hace preguntar y preguntarnos cada día por nuestra existencia y por nuestro papel en los decorados donde nos desenvolvemos.
Cultura, en este caso, no es conocimientos, que también; es algo mucho más creativo y para cada cual diferente, en lo que podemos coincidir o discrepar civilizadamente o no. Es una cadena de razonamientos subjetivos, de los que extraemos conclusiones nuevas de bases a las que habíamos llegado por el método del esfuerzo y la reflexión madurados. Es una búsqueda permanente y meditada, honrada intelectualmente, sin intereses espurios.
Cultura pervertida o anticultura, suele ser la oficial, la subvencionada, la interesada en mandar mensajes ya cocinados, la que emana de los voceros que siempre están al lado de los que mandan o pretenden mandar; la baboseada con los gerifaltes de turno, la que se cubre las espaldas por “un por si acaso la tortilla cambia”, “la plana”, la del “toer er mundo es güeno”; “ni blanco, ni negro sino todo lo contrario”; “ni carne ni pescado”, etc.
Es una cultura perversa porque no aporta nada al desarrollo, solo las dosis justas paniaguadas y formales, el buenismo interesado dado para el consumo por el poder correspondiente. Es perniciosa para la sociedad porque es una rémora, un obstáculo premeditado, barrera para el desarrollo de otras formas y de otras opiniones.
Es la cultura oficial que no muere ni desfallece, con otros protagonistas, con los mismos cómplices, que mutan y se transforman dependiendo de quien manda. Son las más dañinas porque impiden el paso a otra gente, a otras ideas, a otras opiniones más frescas y presumiblemente divergentes. Porque el progreso, no hay ninguna duda, nace de divergir con lo establecido, aunque luego precise de sucesivos ajustes.
La cultura debe ser libre, no encorsetada ni controlada, creativa. Es lo que permite el desarrollo y, al ser humano, crecer y volar. Los pseudointelectuales, mercedarios de poderes sucesivos: incombustibles.
Ángel Cornago Sánchez.      Derechos reservados.