sábado, 5 de noviembre de 2016

MANIPULACIÓN Y PERVERSIÓN DE CONCEPTOS POR PARTE DE LOS POLITICOS

Manipulación

Vivimos una época en la que se están mancillando palabras y conceptos altruistas, nobles, fundados en valores. Con el mayor descaro se utilizan las palabras democracia, libertad, liberación, progreso, justicia, etc., no en aras de hacer énfasis en su significado para conseguir los fines que representan en la sociedad, sino para, bajo su lema, bajo su paraguas, solapar fines particulares o de grupo, interesados y muchas veces corruptos, con objeto de revestirse de algo noble para conseguir sus fines engañando a la colectividad.
No hay nada tan ruin como utilizar este sistema: amparados en ideas aceptadas y apoyadas por la mayoría de los ciudadanos, nuestros próceres y políticos de turno, engolan la voz al pronunciarlas con firmeza, y las utilizan como argumento básico, cuando debajo se esconden otras muy aviesas intenciones. Ni se sonrojan. Considero que muchos tienen un perfil intelectual tan bajo, que piensan que los ciudadanos “nos tragamos” cualquier argumento zafio que nos venden.
Cuando estos mecanismos los utiliza “el poder de turno”, las posibilidades de escapar a estos argumentos de muchas personas es difícil; unos porque los utilizan sus correligionarios a los que les permiten todo, y otros porque realmente no tienen capacidad crítica. Frecuentemente se vende con unas siglas o un concepto teóricamente justo y de valor, para bajo su sombra realizar o solapar los mayores desmanes.
Los ciudadanos nos estamos cansando de estar en manos de tanto desaprensivo, por utilizar un calificativo suave; es como si estuviéramos viviendo la época dorada de este tipo de gente; los tenemos muy extendidos en grandes y pequeños ámbitos de poder.
Es un síntoma clave de la descomposición de nuestra sociedad. Me pregunto, si con los medios de comunicación en manos de los distintos poderes, esto tendrá alguna solución, o iremos cayendo los ciudadanos de una en otra mano pseudo-ideológica diseñada en los despachos y manejada por el grupo ideológico correspondiente. Tal vez sea el destino del ser humano. Esto es una selva, pero los depredadores, probablemente, nunca habían sido tan peligrosos y la posibilidad de defenderse de ellos tan difícil.
La única solución es educar en valores; hombres y mujeres capaces, honrados, con sentido desarrollado de la justicia social, son más importantes que las siglas que representen; con estas premisas serían fácil llegar a acuerdos. Considero que el sistema actual está gastado.
Ángel Cornago Sánchez



miércoles, 2 de noviembre de 2016

LA MUERTE

       La muerte.

Ángel Cornago Sánchez

     La humanidad hasta hace unos cien años siempre ha convivido con la muerte de forma natural. La muerte formaba parte de la vida cotidiana, siempre estaba presente, pues las personas estaban sometidas a un sinfín de noxas que en muchas ocasiones eran mortales. Una simple apendicitis, una neumonía, infecciones, enfermedades o traumatismos hoy banales, podían llevar a la muerte sin remedio, por eso siempre se tenía presente que la  enfermedad y la muerte estaban acechando.
     Los planes de futuro siempre eran  aleatorios y estaban supeditados a la “salud”, algo que todavía se considera hoy en día, pero con mucha menos sensación de amenaza, sobre todo en las personas jóvenes. Hoy rara vez se muere un niño; antes en cada familia había varios fallecimientos en edad infantil.
     La muerte en los pueblos primitivos constituía un evento de suma importancia, tanto para el individuo, como para la comunidad. Los ritos funerarios y las exequias fúnebres se realizaban con gran solemnidad. Trataban de conectar la vida de este mundo, con el más allá después de la muerte.
     En algunas civilizaciones antiguas, como la egipcia, los poderosos pretendían asegurar su vida en ultratumba con monumentos grandiosos, como las pirámides. Las manifestaciones de duelo eran, en general, públicas, incluso, el sufrimiento se teatralizaba para hacer partícipe a la comunidad del tremendo dolor que suponía para los familiares y amigos, perder al difunto.
      En la alta edad media, como señala Philip Aries[1], “las manifestaciones más violentas de dolor afloraban justo después de la muerte. Los asistentes se rasgaban las vestiduras, se mesaban la barba y los cabellos, se despellejaban las mejillas, besaban apasionadamente el cadáver, caían desmayados y, en el intervalo de estas manifestaciones, pronunciaban el elogio del difunto, uno de los orígenes de la oración fúnebre”. Después, seguían los ritos religiosos y, posteriormente, la comitiva fúnebre recorriendo la ciudad o el pueblo del difunto, se dirigiría al lugar de enterramiento para la inhumación del cadáver. Todo, en estos cuatro tiempos marcados por el ceremonial que suponía la muerte de una persona en aquella sociedad.
     ¿Quiere esto decir que hoy se sufre menos por los difuntos? Considero que no tiene nada que ver. Estamos en la cultura de la felicidad, que cada vez se aleja más de la realidad y que cada vez está más lejos de cualquier tipo de sufrimiento, por eso, las manifestaciones excesivas de dolor ante la muerte no tienen cabida en las ceremonias comunitarias. Hoy, no se concibe ni se acepta la enfermedad ni el sufrimiento, no se acepta ni el envejecimiento, solo la juventud, la belleza, el triunfo. Por tanto, tampoco se acepta la muerte, que es el último e inexorable fracaso y, como no se puede evitar, se lleva en silencio, sin ceremonias que trasciendan de lo privado.
     
En el ámbito individual, el dolor, la pena y el duelo, son similares e incluso más intensos que en épocas anteriores, al no haber podido exteriorizar de forma más patente esas emociones. El dolor se vive en la intimidad, incluso el hacer excesivas manifestaciones de dolor se considera como exageraciones e histerismos. En realidad, sucede con todas las manifestaciones de sufrimiento[1].
     La muerte de hoy, es con frecuencia la muerte en soledad. Nos parece una muerte trágica, y conceptuamos la soledad como un sufrimiento añadido muy importante. Por eso, nos imaginamos una muerte buena como una muerte en paz, sin sufrimientos y, sobre todo, rodeados de nuestros seres queridos que, en ese momento, nos aportan cariño y consuelo. Hoy, es frecuente que esto no sea así. Lo habitual es morir en el hospital rodeados de toda parafernalia terapéutica, que sirve de poco en ese momento. Y en ocasiones, solos.
Ángel Cornago Sánchez. De mi libro: “Comprender al enfermo”





[1]  Philip Aries. La muerte en Occidente. Editorial El Acantilado. 2000.