viernes, 3 de junio de 2016

LA PUERTA DEL JUCIO DE LA CATEDRAL DE TUDELA. RELATO



La puerta del Juicio

Es la puerta principal de la catedral, a veinte metros de la que fue mi casa  (nací en la calle de dicho nombre), fue el escenario de mis primeros juegos. La catedral, junto con la Plaza de San Jaime y la Plaza Vieja, forman parte de mi primer universo infantil, pero tal vez es la catedral el edificio que más fascinación me ha causado siempre; aun sin llegar a comprender del todo la dificultad y grandeza de su construcción y de sus figuras esculpidas, lo he sentido como algo lleno de calor humano; me pasa con todas las actividades que los hombres y las mujeres han realizado con sus manos, a puro de habilidad y de tiempo, como si me sintiera partícipe de las vivencias de aquellas personas que, para ejecutar sus obras, han tenido que utilizar unas capacidades especiales fuera de lo común, en las que el empleo de la habilidad, del tiempo y la concentración, han jugado un papel primordial.
A la Catedral siempre la asocio con el frío. Fría era piedra de los basales y de los fustes de las columnas de la puerta del Juicio, fría la piedra y, generalmente, el agua bendecida que contenía la pila que hay frente de las puertas en las que nos santiguábamos al entrar y salir del templo; fríos los barrotes de bronce de la reja de la capilla de Santa Ana, y frío agradable el que experimentábamos al entrar en verano desde la sofoquina de la calle.
Para los que nacimos en el barrio de San Jaime, la catedral siempre fue el centro de nuestras correrías; con su gran perímetro, las calles que la circundan servían como circuito de carreras; sus varias puertas las utilizábamos como pasadizo para acortar la distancia entre una calle y otra; a veces, incluso, era el lugar de juegos. Recuerdo una vez que varios amigos después de confesarnos, cosa que solíamos hacer todos los sábados, estuvimos bromeando y corriendo por las naves de la catedral; antes de ir a casa se nos planteó la duda de que con aquellas correrías habíamos faltado al respeto a la casa de Dios y que, seguramente, estábamos de nuevo en pecado mortal; ni cortos ni perezoso volvimos a confesarnos con el mismo cura diciendo, como solía hacerse, el tiempo que hacía desde la última confesión, que en aquella ocasión hacía “un rato”; fue la palabra que utilicé. Solo recuerdo que el cura nos puso tres rosarios de penitencia, supongo que como a los grandes pecadores. Nunca me volvieron a poner una penitencia similar y nunca volví a tener un arrepentimiento con tanta premura, dejé mejor que los pecados y la contrición reposaran más tiempo, ya que los impulsos del remordimiento me habían traído en aquella ocasión malas consecuencias.

Esta maravillosa obra hecha en piedra, y tal vez poco conocida, ha sido mi referencia, por su belleza y por estar unida a mi vida hasta la adolescencia.

Ángel Cornago Sánchez
De mi libro, "Arraigos, melindres y acedías". Eds. Trabe.
Fografías de Jesús Marquina