viernes, 10 de abril de 2015

ALGUNOS SONIDOS EN LA TUDELA DEL SIGLO PASADO.


ALGUNOS SONIDOS EN LA TUDELA DEL SIGLO PASADO.
Ángel Cornago Sánchez
Un sonido de aquella época que me estremece cuando lo recuerdo es el de la "campana de la quema";AFILADOR,TUDELA estaba situada al lado de mi casa y su son hacía vibrar todos los cristales. Cuando esto sucedía todo se paraba como presagiando la tragedia. Había otros sones de campanas que recuerdo con claridad, como la campana de mano llamando a la “doctrina” a los niños que íbamos a comulgar cada año. También las campanadas tenues y cadenciosas que tocaban cuando alguien había fallecido, o las que tocaban a “parvulico” cuando el difunto era un niño pequeño; cuando oía dichos sones sabía que en algún sitio muy próximo a donde me encontraba, había sucedido una tragedia y se me encogía el corazón durante unos segundos, hasta que algún lance del juego me sacaba de mi ensimismamiento.
Recuerdo el repicar grave, trastabillado y opaco durante la procesión de Santa Ana; mientras, nosotros con el mejor y único traje, la albahaca abrazando la vela hecha molicie, íbamos marcando una senda hecha de goterones de cera por las calles de mi vieja ciudad. Comportamiento de tradición arraigada fuera de toda racionalidad, pero que cuando la revivo, me reproduce la sensación de lo cotidiano, de lo próximo, de lo mío, de mi sentido del grupo al que pertenezco, con todo el bagaje de afecto, tranquilidad y paz que ello conlleva. Este sonido lo revivo cada año cuando en las Fiestas, el mismo repique solemne, invade toda la ciudad el día de Santa Ana por la mañana.
Otro sonido ya perdido pero que recuerdo con nitidez es el del pregonero que con su trompetilla de sonido nasal llamaba a escuchar lo que el Ayuntamiento había determinado comunicar a los ciudadanos. Llevaba boina roja y se iba parando de trecho en trecho en lugares ya prefijados y fijos; previa llamada, procedía a leer el bando con voz monótona y cadenciosa que siempre empezaba igual: “se hace saber, por orden del señor alcalde...”. Al oír el sonido, hasta los niños parábamos nuestros juegos, y los adultos se acercaban para mejor oír.
Sonido similar era el del basurero, que avisaba de su llegada con el carro haciendo sonar una trompetilla igual a la del pregonero, pero con distinto sonsonete y a hora distinta; anteriormente utilizaba una campana que iba adosada en la parte delantera al lado del pescante donde iba sentado. Bajábamos el pozal con los desperdicios que acercábamos al hombre que, encaramado en el carro, lo recogía y los iba vaciando en la caja. Al carro como cortejo, le acompañaban, sobre todo en los meses de verano, una nube  de moscas y moscardones que revoloteaban por encima de los desperdicios, que se posaban en ellos en cuanto hacía una parada, para volver a alzar el vuelo momentáneamente espantadas por las nuevas avenidas de basura.
En primavera y verano también era frecuente identificar al afilador recorriendo nuestras calles; con su llamada en escala gutural precediendo al grito de “el afilador y paragüero”, animaba a nuestras madres a que bajaran a la calle toda clase de instrumentos cortantes y puntiagudos y, allí mismo, los afilaba con su carro de mano donde llevaba la piedra de afilar movida por una polea impulsada a su vez con el pié. Posteriormente comenzaron a venir con bicicletas; levantaban la bici y hacían girar la piedra de afilar dándole a los pedales colocándose al revés. Casi todos los afiladores eran gallegos y se tenía la creencia que, cuando llegaban, era presagio de que iba a llover; sería porque al ser de Galicia llevaban con ellos parte del ambiente húmedo de su maravillosa tierra.
Ángel Cornago Sánchez. De mi libro "Arraigos, melindres y acedías".

lunes, 6 de abril de 2015

EL CURA DE MI PUEBLO

El cura de mi pueblo.             Nota: lo relatado aquí, era frecuente entre los curas del siglo pasado. Ahora creo que no es así. El relato es imaginario. Se podría aplicar a muchos pueblos.
           
           Ángel Cornago Sánchez
La plaza de mi pueblo era pequeña, cuadrada y rústica. Entonces, el suelo era un empedrado que haciendo dibujos convergían en el centro. A la derecha estaba la iglesia a la que se accedía por unas escaleras largas y empinadas, como si para llegar a Dios primero hubiera habido que ganárselo trepando por aquellos peldaños torcidos, desiguales, hechos de bloques de piedra, alguno de los cuales se había desencajado y amenazaba con desprenderse. En lo alto de la escalinata estaba la puerta de la iglesia y, en ella, los domingos antes de revestirse para celebrar misa, Don Tomas el párroco, que como severo centinela, con su larga y raída sotana aspecto tosco y malencarado, llevaba cuenta de quien entraba o no a misa.
 Sus sermones eran apocalípticos; subido en el púlpito alzaba la voz y con el dedo acusador nos auguraba a todos que nos consumiríamos en el fuego eterno del infierno; a veces tanto se reclinaba sobre el púlpito, que parecía que se iba a lanzar desde él a darnos el castigo previo a la condenación eterna. Después de oírle, salíamos con la sensación de que éramos viles como gusanos, y que el fuego del infierno era nuestro destino inevitable; casi lo teníamos asumido y, yo diría, que estábamos incluso resignados a nuestra suerte.
De vez en cuando se subía al campanario y desde allí vigilaba la huerta por si alguien osaba trabajar en domingo. Era nuestra conciencia personal y colectiva, el ángel que velaba por nuestras almas, el defensor de las grandes virtudes del pueblo. Si se enteraba que alguien trabajaba en día de fiesta se lo comunicaba a la guardia civil para que le pusiera la correspondiente multa. Entonces se preocupaban de nuestra salvación tanto el clero como la guardia civil, es como si trabajasen en equipo; !si no hubiera sido por ellos…¡
En la iglesia estábamos separados los chicos de las chicas; las chicas delante y los chicos detrás; los sexos debían estar separados, hasta para rezar. Cuando salía a pasear por la carretera y nos veía en grupo, juntos, nos miraba de forma severa y cuando íbamos a casa ya sabíamos que íbamos a tener reprimenda, porque había ido a nuestros respectivos padres a recordarles su falta de responsabilidad.
Sus alegatos contra el sexto mandamiento hacían temblar los cimientos de la iglesia; nos íbamos a condenar irremediablemente en un lugar del infierno, al parecer especialmente terrible, dedicado a los pecadores lujuriosos, mucho más terrible que el dedicado a asesinos, ladrones, explotadores, etc.; en ese sitio los sufrimientos iban a ser insoportables; yo en mi fantasía me imaginaba a unos demonios dándonos golpes con hierros rusientes en los genitales. Recuerdo que un día se lo pregunté y, no me dijo que no, incluso se sintió orgulloso de que hubiese captado tan bien los sufrimientos que nos quería trasmitir.
 Lo que él llamaba “el vicio solitario” le traía obsesionado. Nos decía que si caíamos en tan horrible pecado, además de ir irremediablemente a ese sitio tan especial en el infierno, se nos iba a secar la médula, el cerebro, y se nos iban a poner los ojos vidriosos. A veces preocupado me miraba en el espejo con insistencia creyendo adivinar que mi mirada comenzaba a tomar un aspecto parecido a la del tío Constancio, un señor muy viejo de vida disoluta en su juventud, y que andaba con una gayata porque casi no veía; después supe que padecía de cataratas. En todo caso, también teníamos asumido que para cuando llegásemos a la edad de ir a la mili no lo íbamos a poder hacer, porque estaríamos decrépitos, encorvados, y necesitaríamos bastón para andar. Al lo menos nos libraríamos de jugar a soldaditos; no hay mal que por bien no venga, pensaba yo.
 Era una lucha dura, por un lado los primeros y fogosos requerimientos de  nuestras hormonas reclamando poderosamente su función, y por otra nuestro estricto y bien aprendido código religioso exigiendo una virtud a ultranza. Era una cadena de  ponzoñosas culpas y enfervorizados arrepentimientos.
Se me olvidaba decir unos datos que creo pueden tener alguna relevancia: los amigos del pío Don Tomas eran las  fuerzas vivas del pueblo: el médico, el boticario, los cuatro ricos y la guardia civil; vivía con una señora que le llamaban “el ama” y que decía era sobrina suya; luego supimos que había tenido un hijo con ella y que lo abandonaron en la inclusa; nunca quisieron saber nada de él, y cuando fallecieron dejaron todos sus bienes a un convento para misas, supongo que para comprar su salvación o un sitio de privilegio en el cielo.
Así recuerdo a Don Tomás, el cura de mi pueblo.
Ángel Cornago Sánchez. De mi libro “Arraigos, melindres y acedías” Eds. Trabe.curaspecado