viernes, 6 de marzo de 2015

EN LOS SESENTA LAS BICIS TENIAN RIESGO

La bici.

Ángel Cornago Sánchez

En los años sesenta del pasado siglo, a diferencia de hoy, hacíamos la vida en la calle. Cuando llegábamos de la escuela, con el tiempo justo de coger el bocadillo de la merienda, bajábamos a la calle a reunirnos con nuestros amigos. La calle era entonces un sitio habitable; los dueños  éramos los peatones, y en especial los niños que poblábamos las calles y plazas, de tal forma que, los pocos medios de transporte motorizados que pasaban sabían que la responsabilidad era fundamentalmente de ellos, porque transitaban por una zona en que el extraño era la máquina de motor. El único vehículo que entrañaba algún riesgo eran las bicicletas que empezaban a abundar, y había, como siempre, insensatos que se lanzaban a toda velocidad posible. La gente tampoco estaba acostumbrada a cruzar la calle con cuidado seguros como estaban de que no podía aparecer ningún vehículo agresor, así que empezó a haber algún accidente.
Un día cuando era ya muchacho, sufrí un pequeño percance cuando iba con la primera y única bici que tuve, que hacía poco mi padre me había comprado de segunda mano; por una parte, al parecer no debía de ser muy ducho en el manejo, y por otra, probablemente estaba fascinado por la sensación agradable que producía el lanzarme cuesta abajo a toda velocidad desde la plaza San Jaime por la calle Verjas hasta el Puente de Hierro. Estaba haciendo una de estas bajadas que había repetido varias veces, cuando de repente, de una calle transversal, la calle del Horno de La Higuera, salió una chica con un cesto lleno de melocotones; cuando me vio llegar se quedó espantada en medio de la calle sin decidirse a apartarse a un lado ni al otro; frené en seco pero la bici derrapó, se deslizó y no pude evitar meterle la rueda entre las piernas, tirarle todos los melocotones que con la inercia bajaron rodando calle abajo, y en nada estuvo en que no caímos los dos por el suelo. Aunque no le sucedió nada, el cabreo que cogió fue monumental,  yo creo que más que por el susto y por los melocotones que me apresuré a recoger, porque en aquella época, nadie le podía meter nada entre las piernas a una mujer que se preciara, aunque fuese la rueda de una bicicleta de forma accidental. Durante una temporada, cuando la encontraba, me miraba como si fuera un lascivo; más tarde, con los años su mirada cambió e incluso a veces me sonreía de una forma que yo, en mis fantasías, interpretaba como que no le importaría sentirse de nuevo atropellada, pero nunca me atreví a acercarme a ella, con el día de los melocotones tuve bastante.
Ángel Cornago Sánchez. De mi libro: "Arraigos, melindres y acedías".