viernes, 27 de febrero de 2015

EL EBRO Y TUDELA

El Ebro.
Ángel Cornago Sánchez
El  río Ebro, ha tenido siempre una fuerte influencia en la vida de la ciudad de Tudela, incluso la construcción de su puente, fue el origen de su fundación, según mi erudito y buen amigo Gonzalo Forcada, ya fallecido. Es un río caudaloso, sobre todo en invierno, y sus avenidas impresionan como demostración de la fuerza de la naturaleza. Estos días estamos asistiendo, y algunos están sufriendo una de estas avenidas.
En estado basal es un río caudaloso lo que, en el siglo pasado, atraía a personas que querían quitarse la vida; el sitio adecuado era el puente. Incluso en la jerga diaria cuando alguien estaba desesperado, o quería chantajear a su entorno, amenazaba con que se iba a “tirar a Ebro”.
Conocí a un señor mayor que, al parecer, siempre había discutido  mucho con su mujer y, a falta de otros argumentos que la hicieran más sumisa y manejable, le solía  amenazar con tirarse al Ebro; ella no se impresionaba ni hacía caso a dichas amenazas, tal vez por tanto oírlas, o porque en realidad ya no le importaba lo que hiciera. El hombre, después de una tarde de agria discusión  y desesperado por su indiferencia, decidió llevarlo a la práctica; se fue al puente y se tiró. Lo hizo muy cerca de la orilla y atado con una soga por la cintura a la barandilla, no fuera que, aunque apenas había agua, una mala corriente le jugase una mala pasada. El único estrago que se hizo fue un esguince en un pié que no fue suficiente para impresionar a su esposa, mas bien lo contrario. Por supuesto que desde entonces sus amenazas ya no las tomaba nadie en serio y, que yo sepa, no volvió a intentarlo, ni con precauciones ni en serio; creo que a partir de aquel día se dio por vencido.
Otros muchos no tuvieron la precaución de este buen hombre y encontraron en el río la muerte que realmente iban buscando. Raro era el año que no corría la noticia por la ciudad, de que una persona se había suicidado en el Ebro.
A falta de piscinas, en los años  sesenta, el río era el lugar habitual donde nos bañábamos, y todos los veranos se ahogaba alguien; dicen que dentro del río hay corrientes de agua más frías, y que al ir nadando y pasar de agua tibia a otra más fría se produce el llamado “corte de digestión”, que en realidad es una pérdida de conciencia que va seguida del ahogamiento. La noticia sobrecogía a todos y nuestras madres estaban angustiadas hasta que nos veían o se enteraban del nombre del ahogado. Al día siguiente los “Patoleas”, pescadores profesionales de nuestro río, rastreaban el fondo en sus pontones con unas largas pértigas que tenían para estos menesteres, en busca del cadáver. 
El Ebro cobraba protagonismo en la ciudad en las grandes avenidas; entonces no se habían construido las defensas actuales, y las riadas inundaban la Mejana y todos  los campos de Traslapuente hasta el monte. En la ciudad entraba por los argollones de desagüe de las calles, y la de San Julián y Verjas se anegaban de tal forma, que a los vecinos y sobre todo a los enfermos había que sacarlos por las ventanas y balcones a los pontones de los Patoleas, que navegaban por las calles durante el día para cubrir las necesidades de los vecinos de la zona. 
En una de estas avenidas del Ebro, eran Navidades y andábamos los amigos tomando copas ya casi de madrugada; nos acercamos por el puente de Hierro a la entrada de la calle Verjas donde estaba atracado un pontón; como andábamos eufóricos por los efluvios del alcohol, nos subimos en la barca y nos dimos una vuelta por la calle Verjas y por la de San Julián, mostrando nuestro júbilo con canciones bulliciosas y desafinadas; manejábamos la pértiga, como es de suponer, con bastante torpeza, lo que hacía que fuésemos pegando con la quilla en las paredes y, cuando no, en las puertas de las casas. Eso hizo que salieran algunos vecinos a las ventanas y nos lanzaran unos cuantos improperios que, a nosotros en aquel momento, nos parecieron propios de gente malhumorada, y no de personas a las que acababan de despertar de aquella forma tan escandalosa. Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, llegamos con dificultad al punto de partida no consiguiendo atracar la barca debidamente, por lo que para salir de ella, no nos quedó otro remedio que mojarnos los pies por encima de los tobillos, lo que hizo que en pleno diciembre y de noche, con la frialdad del agua, recobrásemos con rapidez el sentido común y tomásemos la sabia decisión de marcharnos a casa a dormir.
Ángel Cornago Sánchez.  De mi libro: "Arraigos, melindres y acedías".