sábado, 14 de febrero de 2015

BREVES APUNTES SOBRE AMOR Y PAREJA

AMOR Y PAREJA.
Ángel Cornago Sánchez

Vivir en pareja es el estado ideal en la vida del ser humano. Seligman refiere en su libro “La auténtica felicidad”, que las personas con pareja estable y duradera, disfrutan de un alto grado de felicidad y tienen menos riesgo de padecer depresiones, seguidas de los que nunca se han casado, y después de los divorciados una o varias veces. Se puede sacar la conclusión que, “mejor con pareja estable” para ser feliz, pero también, “mejor sólo que mal acompañado”, pues en grado de felicidad, inmediatamente después de los de pareja estable, están los que nunca la han tenido (estable). La relación de pareja no es fácil. Y requiere mucha madurez por ambas partes. Brevemente dos aspectos: el enamoramiento y la comunicación.
El enamoramiento es ese estado ideal que sucede a partir de los primeros encuentros, cuando se siente que se ha encontrado a esa persona maravillosa,  que va a condicionar nuestra vida positivamente. Se vive como algo esencial en nuestro destino que va a garantizar gran parte de la felicidad que podamos conseguir. La atracción en los primeros encuentros es física, no necesariamente sexual, pero enseguida intervienen otros factores cuando comienza la comunicación, que suele ser muy superficial y sesgada; tal vez también, aspectos hormonales que no controlamos. En ese momento, existe una sobrevaloración de las virtudes y una infravaloración de los defectos. Se produce un estado especial, como si nos hubiéramos metido un “chute” de ilusión, que nos hace ver la realidad mejor de lo que es. Esa fase no es buena para tomar decisiones trascendentes, como casarse, tener un hijo, vivir juntos, porque no es fiable, hay que esperar a que los efluvios pasen para hacer la valoración en sus justos términos.
El enamoramiento es el primer paso, pero luego hay que “aterrizar”. Lo ideal es que persista el enamoramiento pero sin la “espuma”, y que se vayan consolidando los lazos entre ambos, para lo cual además de lo anterior, es indispensable una actitud de entrega, comunicación, y de respeto exquisito a la individualidad del otro.
La relación de pareja debe ser real. Es el medio, tal vez el único, donde nos despojamos de todos los accesorios de carácter que empleamos inconscientemente en la vida ordinaria. Con la pareja nos debemos mostrar tal como somos, con nuestras debilidades, nuestros miedos, nuestras preocupaciones. Debe ser una comunicación íntima, veraz, continuada, no sólo puntual; que sirva de consuelo, de apoyo en los momentos malos, y también en los buenos para perseguir proyectos y disfrutar de metas. Un hombro donde descansar, unos brazos que acojan y cobijen. Cariño incondicional. Lealtad inquebrantable. Crítica bien intencionada. Considero que la comunicación real es el requisito básico, y también fundamental para la pareja estable. Insisto, deben mantener cada uno su individualidad, con su autonomía y proyecto de vida propio. Hay personas que se conforman con una comunicación más superficial y que conviven sin especiales conflictos, pero...no es lo mismo.
 Hay personas que todavía buscan en sus parejas las falacias que les habían inculcado en la infancia y juventud: mujeres madres, serviles, o figurines frívolos; u hombres machos y duros, que no lloren, que no sientan.
Que conservéis, o encontréis la pareja adecuada. Feliz San Valentín.amorparejadivorciosan valentin 
Ángel Cornago Sánchez



miércoles, 11 de febrero de 2015

ORTEGUITA

ORTEGUITA
Ángel Cornago Sánchez.torerocesar muñoz solatudela navarra   Cuadro del pintor: Cesar Muñoz Sóla


Como recuerdo visual, guardo la imagen de algunos personajes tudelanos que llamaron  especialmente mi atención en aquellos años de niño, y que todavía los recuerdo. Uno de ellos fue Orteguita.
Orteguita era un hombre ya entonces entrado en años, delgado, menudo, habitualmente mal afeitado; se dedicaba al oficio de limpiabotas y vivía en casa de Julián Marín, el torero, que ejercía de su protector. Al parecer, Orteguita, había nacido en Alicante y recaló en Tudela después de “tirarse” como espontáneo en una corrida, creo que en el año de la inauguración de la plaza de Tudela, en la que toreaba Domingo Ortega. Por lo visto, había sido o había intentado ser torero y, ese intento frustrado impregnaba todavía toda su vida: su forma de andar era orgullosa, estirada, con los talones levantados como el que sale de una suerte después de rematarla; su figura tenía cierto empaque, cierto señorío, inclinado siempre hacia un lado, creo que al derecho, como si estuviera dando un eterno derechazo, o como si de tanto imaginarlos no pudiera ya vivir de otra manera; creo haberlo visto con frecuencia con las zapatillas y las medias de torear, zarrapastroso y mísero, pero de porte orgulloso y distinguido. Los niños, crueles a veces, de lejos le espetábamos: “Oteguita matacabras”; era la mayor ofensa que le podíamos hacer; juraba, aceleraba el paso y se iba mascullando improperios. En ocasiones, no sé si espontáneamente o por los efluvios del alcohol, se marcaba unos pases a toros imaginarios jaleado por todos en unas faenas que a mí, me parecían como a él que tenían mucho de arte y de verdad; los aplausos le hacían estirar aun más su figura y saludar al tendido con una sonrisa ausente, como reencontrándose con la gloria que tantas veces había imaginado. Después ya no supe que fue de él. El pintor tudelano Cesar Muñoz Sola, en una obra maestra, supo plasmar como nadie a este personaje. El cuadro es propiedad de Casino tudelano, y allí se expone en la sala de juntas.
Ángel Cornago Sánchez. De mi libro “Arraigos, melindres y acedías”



martes, 10 de febrero de 2015

Ventanitos

Ventanitos
Ángel Cornago Sánchez

Otro hombre peculiar de aquella época fue Ventanitos. Se llamaba Jesús pero todos le llamábamos “Ventanitos” y, habitualmente, añadíamos el calificativo de “Colín”. Lo de “Ventanitos” se debía a unos “pedazos” de tela de color más intenso, generalmente azul, de forma cuadrada cosidos para arreglar el desgaste del pantalón a la altura de ambas nalgas y de las rodillas, y que semejaban pequeños ventanos; y lo de “colín”, porque siempre buscaba el asentimiento de los adultos, y si estos eran guardias, concejales o el alcalde, mucho mejor. Su venia no era hacia el rico, sino hacia el que él consideraba autoridad de una forma muy primitiva. Tenía la inteligencia de un niño de cuatro o cinco años. Era alto, gordo, escurrido de culo, orondo de tripa, cabeza pequeña que calaba con una boina en el cogote; la imagen se parecía a la que hoy anuncia las cubiertas Michelín. Era un buen hombre, incapaz de crear problemas a nadie. Los niños, como siempre, le hacíamos diabluras, la más suave llamarle “colín”; él contestaba con su cara de luna llena y sus ojos inexpresivos, pero probablemente inundados de tristeza: “se lo diré a tu madre y a tu padre”, nos decía. A veces nos pasábamos e incluso hoy me cuesta trabajo entender las barbaridades de que éramos capaces. Ventanitos trabajaba de barrendero en el ayuntamiento; los barrenderos entonces iban empujando unos carros de mano metálicos, con ruedas asimismo metálicas, que producían un ruido infernal al pasar. Cuando lo habían llenado de basura iban a descargar al camino del Cristo, situado en el extrarradio de Tudela, inmediatamente después de pasar la antigua fábrica de harinas, hoy sede de la policía municipal. Un día, estaba con mi amigo Julián en la herrería que regentaba su padre enfrente de la puerta de la Mejana, y andábamos enredando con una escopeta de perdigón tirándole a un blanco que habíamos puesto dentro de la herrería aprovechando que no estaba el Sr. Mariano; oímos el carro y la voz de Ventanitos y salimos con intención de tomarle el pelo, pero como llevábamos las escopetas en la mano, no se nos ocurrió cosa mejor que tirar al carro que en aquel momento empujaba el pobre hombre; los chasquidos de los perdigones contra la caja metálica fueron tremendos, de tal forma que hasta nosotros nos asustamos; Ventanitos salió corriendo dejando el carro en medio de la calle y no regresó hasta que el padre de Julián que llegó al poco, nos quitó las escopetas y nos echó una buena reprimenda. Otra jugarreta que se le hacía con frecuencia, era, cuando estaba despistado quitarle el pasador a una de las ruedas del carro; en aquellas calles la mayoría de adoquines, al reemprender la marcha, no tardaba en salirse de su eje y caía el carro con gran estruendo en medio del jolgorio de los crueles muchachos. No sólo los niños se aprovechaban de Ventanitos para su divertimento, algunas amas de casa que no habían bajado la basura al paso del carro municipal, bajaban con el pozal de desperdicios cuando pasaba Ventanitos y lo capuzaban en su carro de mano, y era frecuente que nada más comenzar la tarea tuviera que ir a descargar hasta el camino de “El Cristo”.
Era un hombre sin agresividad, mejor dicho, era un niño con cuerpo de adulto, y en nuestra comunidad jugó el papel que en todas les tocaba jugar, al tonto del pueblo, al lisiado, al desvalido; es como si todos, entonces,  necesitáramos magnificar las carencias de unos para remarcar la propia valía o la teórica normalidad, que en realidad era vulgaridad y mala ralea, pues en la escala de capacidad intelectual estaban teóricamente inmediatamente por encima de aquella subnormalidad, aunque en el aspecto humano, en muchos casos, estaban por debajo. Ocurre también entre las personas que nos consideramos normales respecto a las que dependen de nosotros y se dejan manipular; en general se tiende a abusar de ellas.
Durante sus últimos años vivía con su madre en el Hospital Nuestra Sra. de Gracia, y el día que ella murió se asomó por la tapia de atrás de la huerta, no se si desesperado o sin percatarse de lo que ocurría, para decirle a una vecina “Jesusa ya ha caído”. No sé que fue de él.
“El mudo” era un hombre enjuto, moreno, con bigote poblado, de mediana estatura y bastante calvo; los pocos recuerdos que tengo de él se reducen a que trabajaba de carbonero, jugaba al ajedrez, al parecer muy bien (solía hacerlo en el “Tazón”), y que daba la impresión, a pesar de dedicarse a trabajo físico, de tener cierta cultura.
Hay otras personas de las que guardo leve recuerdo por su peculiaridad, pero no muy detallado, tal vez por que las conocí cuando era muy niño, puede ser el caso de “Perero”, amigo de mi abuelo; sólo recuerdo de él que era rubicundo con un hoyito en la barbilla, que cantaba jotas, y que era entrañable conmigo. También recuerdo, pero de forma muy vaga, a “Garbanzo” amigo de mi tío Manolo, siempre de broma.
Ángel Cornago Sánchez De mi libro, "Arraigos, melindres y acedías".