domingo, 2 de febrero de 2014

La broma

La broma.

Broma es sinónimo de burla, de chanza, y tiene por finalidad dejar a la persona objeto de la misma en ridículo. Dejarla en ridículo quiere decir despojarla de ese halo que todos llevamos con el que trasmitimos, generalmente de forma inconsciente, rasgos de nuestra personalidad, como seguridad, poder, simpatía, elegancia, sabiduría, etc. y nuestra propia autoestima.
La broma trata de despojarnos de ese halo, de esas cualidades reales o no, que como mecanismos de defensa tratan de ocultar nuestra parte débil para evitar mostrarla a los demás y que sirva de mofa; es como si nos quitaran la ropa delante de una concurrencia para mostrar nuestras vergüenzas.
Está claro que el que hace una broma, tal como la estamos definiendo, no trata de aportar nada positivo al sujeto de la misma, sino que muy al contrario, trata, de alguna manera, de hacerle daño; se trata de un mecanismo de agresión disimulado bajo un rasgo de humor que, habitualmente, no consideramos como agresión pero cuya finalidad es producir una sensación psicológica desagradable.
Cuando se hace una broma existe un trastrueque de la posición que ocupan en el grupo los sujetos del acto, el que hace la broma y el que la recibe. El que la hace, si todos le aplauden, se siente protagonista, centro de atención del grupo, valorado por su capacidad para producir gracia; de alguna forma se coloca por encima “dominando” a la persona objeto de la broma. Eso lleva a que haya individuos que, más que perseguir la agresión, lo que pretenden es tener protagonismo en el grupo y, a falta de otros mecanismos, utilizan este. Con el que la recibe sucede lo contrario; al ser motivo de mofa para los demás, se siente humillado. Existe la circunstancia agravante de que el agredido, en vez de reaccionar y manifestar claramente su desagrado, habitualmente se controla y se calla porque si no lo hace, corre el riesgo de que además le traten de inadaptado. Y todo porque la broma es un mecanismo agresivo disimulado. Ni el propio “agresor”, con frecuencia, es consciente de su verdadera motivación.
La broma se utiliza mucho en las relaciones interpersonales como mecanismo de agresión solapado, sin entidad de tal, pero con la misma finalidad. Es fácil observar en los grupos, que las bromas se producen generalmente entre personas que compiten por algo o se envidian por algo. También es fácil distinguir en el grupo al individuo que siempre está haciendo bromas para de alguna forma adquirir protagonismo.
La cualidad de la broma, lógicamente, está en relación con el grado de agresión que se pretende conseguir y con la respuesta del agredido. Si el agredido se siente afectado, el agresor puede no volver a utilizarla, o al contrario seguir hurgando en la llaga al darse cuenta de que ha hecho daño, propósito que perseguía.
Por eso, cuando la relación entre las personas de un grupo se basa fundamentalmente en bromas, podemos decir que la forma de relación entre ellas es básicamente agresiva.
Por supuesto que existe la broma superficial y cariñosa que no tiene como objeto la agresión. En este caso la percibimos como tal y no suele causar problemas. Se caracteriza porque viene de personas que tenemos claro no pretenden hacernos daño, aunque en esto nos podemos llevar muchas sorpresas con gente teóricamente muy próxima. Además,  no se utilizan nunca temas que se sabe van a molestar y, por último, duran muy poco, son testimoniales, y al menor atisbo de que algo ha sido percibido como desagradable, no se vuelve a insistir e incluso se pide disculpas.
La broma, tan socorrida en las relaciones interpersonales, no es una forma inocente de comunicación, con frecuencia es un mecanismo agresivo y, como tal, hay que conceptuarla, o al menos tenerlo en cuenta.
Ángel Cornago Sánchez. De mi libro: "Arraigos, melindres y acedías"