jueves, 2 de enero de 2014

Nuevo año


Nuevo año 

 

El final de año, en un ejercicio que tiene mucho de banal y un tanto de ingenuo, suele ser el momento en que nos planteamos que,  a partir de las doce campanadas del día treinta y uno del año que se acaba, las circunstancias del año venidero van a ser distintas para bien, y que nuestra “suerte” va a cambiar. Como si el calendario en un escorzo casi mágico colocase los astros de tal forma que, irremediablemente, fueran a influir sobre nuestro destino, nuestras vidas y las de nuestros seres queridos, de forma favorable.

Si lo razonamos, no tiene ninguna lógica, pues el día uno de enero no tiene por qué ser distinto del treinta y uno, y en realidad no lo suele ser; puede hacer más o menos frío, llover, nevar, etc., nada distinto de los que puede suceder cualquier otro día. Sin embargo, se parece al “día de año nuevo” del año anterior, en la resaca que tal vez nos han dejado los excesos de la celebración de la “noche vieja”, y en los buenos momentos vividos con nuestros familiares y amigos. Generalmente empezamos el año, relajados, felices, y con resaca.

A pesar de estos razonamientos, sin embargo, estos momentos de catarsis colectiva, son muy positivos. Seguro que ni los astros ni el calendario van a cambiar nuestra vida, pero la podemos cambiar nosotros con esa actitud y esa esperanza de futuro, que con cada campanada y con cada una de las doce uvas, proyectamos sobre el futuro. Es como si con las doce uvas estuviéramos ingiriendo, amuletos de felicidad futura.

Inmediatamente después, lo celebramos como si lo hubiéramos conseguido. Es como si con el año viejo hubiésemos sacudido las sandalias del polvo del camino, dejando lo negativo, disponiéndonos a afrontar el trecho del nuevo año con nuevo ímpetu, con fuerzas renovadas y con esperanza.

Es muy positiva la celebración, por la reunión con familiares y amigos en un ambiente de alegría, de esperanza, de desmadre colectivo. De alguna forma nos conjuramos con el destino para atraer las fuerzas positivas.

En el plano personal, realmente el año próximo puede ser distinto, puede ser mejor, hay que proyectarlo así; para conseguir algo hay que quererlo desde lo más profundo, siempre que sea razonable. Hay que tener esperanza.

En lo social, no dejar de reivindicar y de exigir la regeneración de nuestro sistema democrático, en este momento putrefacto y sometido a los poderes económicos. Creo que iremos a mejor, por que peor que ahora no puede estar, y no me refiero a lo económico, sino a la salud de nuestra democracia. Hay exigencias incuestionables: poder judicial y jueces independientes, base fundamental del estado de derecho. Políticos honrados, que persigan la justicia social con una mejor distribución de la riqueza.

Mi solidaridad y mi afecto para las personas que el año terminado haya sido duro, hayan sufrido desgracias, o les haya dejado heridas difíciles de cicatrizar.

A todas y todos, que tengáis un buen año 2014.

 

Ángel Cornago Sánchez

lunes, 30 de diciembre de 2013

La cachera


La cachera.

 
A veces, estoy sentado leyendo, pensando o viendo la televisión, y de forma distraída me toco la frente, las sienes, o el cuero cabelludo en un gesto maquinal como queriendo aumentar mi capacidad de concentración o de reflexión. En la parte izquierda de mi frente, justo debajo del cabello, tengo una cicatriz de unos dos centímetros, un tanto anfractuosa, que cuando topo con ella me traslada a mi infancia. La herida me la produjo una piedra en una de aquellas luchas en las que, tal vez guiados por instintos ancestrales, librábamos las cuadrillas de niños de los distintos barrios de Tudela.

En aquellos barrios pululábamos gran cantidad de chavales que formábamos cuadrillas en las que la belicosidad, el juego a guerras, las luchas, eran  con frecuencia objeto de nuestros pasatiempos.

Los grupos, o las “bandas”, nos titulábamos por el nombre de los barrios a los que pertenecíamos; así, estaban los de la Virgen de la Cabeza, los del Puente del Ebro, los del Paseo de Invierno, los del Puente Mancho, los del Cofrete, etc. Yo pertenecía a los de la Plaza de San Jaime. Estas bandas tenían su prestigio: los de la Virgen de la Cabeza y los del puente del Ebro eran más belicosos y agresivos que los demás, y cualquier disputa con ellos estaba condenada al fracaso, incluso simplemente nombrar que dichas cuadrillas iban a participar en una reyerta era suficiente para que los demás no nos presentáramos. Había otras cuadrillas a las que los demás les teníamos ganas, como eran los del Paseo de Invierno; en ella estaban integrados casi todos niños de casa bien de Tudela, y en general eran niños bien vestidos, bien alimentados, a los que los demás, supongo, mirábamos con cierta envidia. Los de mi barrio no tengo idea de que fuéramos especialmente violentos, pero de vez en cuando nos retaban y había que salir a defender nuestro honor. Las luchas solían ser en “los cabezos”, en la zona de “El Cristo”, y nuestras diferencias las dirimíamos con las armas más primitivas: “a pedradas”; generalmente acababan cuando la superioridad de uno de los grupos era manifiesta y los otros se retiraban perseguidos por los vencedores, o cuando alguien por algún golpe empezaba a sangrar e incluso a llorar; esto último estaba mal visto, y a pesar de recibir la pedrada correspondiente se le trataba de “nena”. Como ven, desde muy niños mi generación teníamos claro que había que ser muy machos, al menos de fachada y actitudes. Cuando sucedía uno de estos percances con lesiones más o menos aparatosas, la cuadrilla contraria se batía en retirada, asustados por las consecuencias que aquello pudiera traer.

 En una de estas reyertas una piedra me abrió la frente que el practicante de mi barrio cerró poniéndome varias grapas de aquellas metálicas; ese es el origen de la cicatriz que acaricio con mis dedos cuando hurgo entre mis canas, buscando intensificar la reflexión sobre algún asunto y que, momentáneamente, me saca de este mundo y me traslada a la niñez y primera juventud.

 Ángel Cornago. De mi libro "Arraigos melindres y acedías"
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