sábado, 9 de noviembre de 2013

La sonrisa


La sonrisa.

 

La palabra es   el modo más habitual de comunicación entre los humanos, pero desde luego no el único. Su importancia como tal radica en que se puede utilizar a distancia sin necesidad de verse ni de tocarse que son los otros dos sentidos con los que intercambiamos información (con el olfato necesitamos proximidad). Aun así el significado de la palabra se puede artefactar, fundamentalmente con el tono, y el sentido de la frase no ajustarse a lo que literalmente quiere decir. Por eso, en la relación con nuestros semejantes estamos diciendo muchas cosas no sólo con la palabra, sino con todo nuestro cuerpo: desde nuestra forma de vestir o acicalarnos, la expresión de nuestra cara, el tono de las frases, e incluso con los silencios, estamos trasmitiendo una serie de información que con frecuencia puede incluso estar en contradicción con lo que literalmente estamos hablando. En la escala de credibilidad es más verosímil lo que estamos diciendo con todos estos “accesorios” de la comunicación que lo que estamos diciendo con las palabras.

La sonrisa es un gesto sutil de comunicación que indica un estado de ánimo positivo hacia el oponente; nuestra relación con otra persona va precedida de una sonrisa con la que estamos  trasmitiendo a nuestro interlocutor que estamos en actitud positiva para relacionarnos con el.

A veces la sonrisa se nos escapa e indica un estado de ánimo íntimo; cuando estamos escuchando algo que nos agrada, pensando o recordando algo que nos es grato, es frecuente que lo delatemos con la cara porque estamos,  sin ser conscientes, esbozando una sonrisa.

Como es habitual en comunicación, no siempre el gesto se ajusta a lo que habitualmente quiere decir; ocurre también con la sonrisa. Cuando alguien recibe lo que estamos diciendo o nos mira con una sonrisa irónica, percibimos claramente el rechazo e incluso la agresividad que nos está trasmitiendo.

En la evolución de la especie la sonrisa ocupa un grado sofisticado de expresión. En esta cadena, el hombre primitivo debía de pasar de llorar a lágrima viva, a la carcajada a mandíbula batiente, siendo estados más depurados el sollozo y, sobre todo, la sonrisa, adquiridos mucho después. La carcajada es una explosión de júbilo primitiva, física, pero en la sonrisa el estado de júbilo o de bienestar está en la mente, es más intelectual y trasciende al exterior con este gesto.

Tal vez esta es la razón por la que mi hijo cuando tenía cinco años, en sus interrogantes sobre la muerte, un día me preguntó si cuando morimos el cuerpo se queda aquí en la tierra pero, si la “pensadura” y la “sonrisa” se iban al cielo, percibiendo perfectamente que la sonrisa es un gesto que va unido a algo que trasciende lo meramente físico y en la misma categoría que el pensamiento.

 

Ángel Cornago Sánchez. De mi libro “Arraigos, melindres y acedías”

 

 

jueves, 7 de noviembre de 2013

EDUCACIÓN


 

Educación

 

Me tocó vivir las niñez, adolescencia y juventud, en tiempos de la dictadura. En la niñez, no éramos conscientes de la situación social que estábamos viviendo, aunque sí sufrimos alguna de sus consecuencias, como fue la forma autoritaria, que en general se utilizaba en algunas escuelas, y el aleccionamiento positivo hacia los principios de la dictadura.

La adolescencia ya tuvo otros matices más positivos. Tuve la suerte de hacer el bachiller en el colegio de jesuitas de Tudela. Y digo suerte, por que la formación en conocimientos fue excelente, lo cual es importante. Que nos inculcaran el valor del esfuerzo, y pusieran a nuestra disposición una excelente formación intelectual, es el mayor bien que nos pueden hacer a esa edad. La ignorancia supone falta de criterio. La formación política era prácticamente inexistente a pesar de que, como obligatoria por exigencia del ministerio, había una asignatura llamada “Formación del espíritu nacional”, que la aprobábamos todos y que nada nos exigía. Además de conocimientos, nos inculcaron valores. Lo que nos marcó negativamente en aquel colegio, fue la educación religiosa centrada en sexto mandamiento. Cuando nuestras hormonas estaban emergiendo, era un agobio estar siempre en "pecado mortal" por simples pensamientos, o por lo que llamaban el "vicio solitario". Nos hizo vivir la sexualidad de forma poco sana, y eso seguro que algún desaguisado ha dejado en nuestra maduración sexual.

De los jesuitas era también el Colegio Mayor donde viví en Zaragoza cuando hice la carrera. Estoy especialmente agradecido por haber pasado por aquel colegio, que en plena dictadura, era un oasis de libertad, de libre-pensamiento; incluso se organizaban de forma clandestina conferencias impartidas por personas que abogaban sin tapujos por el cambio a una sociedad de libertad y valores. La educación religiosa era sutil y no teníamos obligaciones a este respecto. Incluso se podía salir y pasar la noche fuera sin mayores problemas. Compañeras de estudios a veces subían a las habitaciones teóricamente a estudiar. Fue una isla de libertad. Exigían buen rendimiento académico.

Hace unos años hice el master de Bioética en la Universidad de Comillas en Madrid, asimismo regentada por los jesuitas. Como pueden suponer, en el master se tratan temas muy controvertidos a nivel ético, con implicaciones en creencias religiosas, como puede ser el aborto, la eutanasia, el suicidio asistido, etc. Les puedo asegurar que los argumentos utilizados en la formación siempre fueron libres, por parte de alumnos y profesores, con fundamentos filosóficos, no mezclando estos con las creencias ni dando ningún dilema por resuelto.

Con todo esto quiero recalcar que es muy importante la formación intelectual de calidad, la formación en valores no contaminada por creencias religiosas. Las creencias tienen otro ámbito que no se debe mezclar ni con los conocimiento ni con los valores. Las creencias religiosas juegan su papel en la vida individual e íntima de cada cual, que todos debemos respetar y que, en general si no son fundamentalistas, ayudan a muchas personas a sobrellevar las miserias y dificultades de la vida cotidiana.

Estoy seguro que no todos tendrán la misma experiencia positiva que yo con los jesuitas. Mi objetivo no es recalcar su excelencia. Me interesa enfatizar la importancia de la formación intelectual, en valores, el librepensamiento; el no condicionamiento por las creencias religiosas, y también, el respeto por ellas en el ámbito individual.
Ángel Cornago Sánchez

martes, 5 de noviembre de 2013

Códigos


Códigos.

 

Estaba roto, harto de corregir el gesto, de mostrar en el rostro sensaciones que no se correspondían con el momento que en realidad estaba viviendo.

Me habían educado para ser amable, educado, correcto, cariñoso y… sumiso con el poderoso; había que dar una imagen de afabilidad, discreción, docilidad, nunca de competencia; al poderoso no le gustan las personas seguras de sí mismas, con criterios propios, las perciben como amenazantes para su status.

Al mismo tiempo me habían educado para ser agresivo, audaz, seguro, altivo, soberbio... con el débil. Con el débil había que dar una imagen de seguridad, de suficiencia, de poder, aunque todo ello, eso sí, impregnado en un halo paternalista. La relación con el débil es muy importante porque nos confirma nuestro propio valer; es la referencia que nos permite reafirmarnos en nuestro estatuas de superiores. Si el débil osaba contradecirme, sentía una sensación de rabia contenida y contestaba con una agresividad desproporcionada. !Estaría bueno¡

No había más status. Me habían educado a tener la sensación de que en los intercambios relacionales, a las personas había que colocarlas por encima o por debajo, sólo me permitía mantenerlas a mi nivel el tiempo justo de medirlas.

Era una lucha sin cuartel de actitudes vacías, sumisas o altivas. Mientras, yo, sin mirarme en el espejo, sin dibujar mis contornos, sin matizar mi silueta, desorientado, con el regusto amargo de estar vacío, crispaba y adaptaba el gesto adecuándolo al momento que parecía estaba viviendo.

Un buen día en que el sol brillaba con más fuerza, di un corte de mangas a la “fábrica de códigos” y con las manos en los bolsillos, despeinado, la figura descompuesta, saltando de forma descoordinada, emitiendo gritos de placer e impregnado de una gozosa sensación de libertad di la espalda al pasado y, respirando hondo me fui por la senda que lleva al horizonte blanco y azul.

Y... aquí estoy. Actualmente dudo, río, lloro, pero me miro en el espejo y me percibo, toco mi silueta y sé que soy yo, hablo con la gente y sé que son personas... Muchas veces me siento en el suelo para sentir en las posaderas mi propio peso, mientras con las palmas de mis manos trato de percibir el latido de la tierra.

Ángel Cornago Sánchez. De mi libro. "Arraigos, melindres y acedías"